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Un niño por el cual se paga, y se lo inscribe como
hijo biológico no es un niño adoptado sino un niño "apropiado"
(sustitución de identidad).
Desde el niño se produce una doble
traición, su progenitora no sólo lo
concibió sin poder luego criarlo hecho que suele ser doloroso para el niño
sino que además fue utilizado como un producto de intercambio, mercancía
- dinero que lo despoja de su condición esencial de "ser
humano" y se lo cotiza en un mercado de oferta y demanda según edad,
color, etnia con lo cual no podemos apelar a un relato amoroso sobre su
entrega: deseo de que otros lo cuidaran, preocupación por su futuro sino
que queda reducido a una transacción (generalmente no de la progenitora
sino de una serie de intermediarios, profesionales
y funcionarios).
La falta de datos acerca del origen, la carencia de un expediente deja un
vacío angustioso que el adoptivo no tiene modo de completar y coloca
a los padres y al vínculo en un status de inseguridad y fragilidad no
amparado por la ley.
La identidad para sostenerse requiere de un pasado que anudado en un
presente genera posibilidades de proyectos futuros: quién fui, quien
soy, que deseo ser. La falta del primer eslabón deja al tejido psíquico
con agujeros que son imposibles de suturar por cuanto en
la ilegalidad no hay modo de obtener datos,
conocer y fantasear sobre el origen y el enigma acerca de porque
sucedió el desprendimiento, cuáles fueron los deseos y motivaciones
para la entrega cae en un vacío angustioso y sin respuestas.
Más allá que la información que cada niño recibe es procesada primero
por sus padres y luego por él de modo singular, en estas
situaciones, lo informado cae bajo duda y sospecha
de veracidad.
Hay adopciones realizadas hace aproximadamente 20 años atrás que podrían
ser comprendidas en otro contexto, los padres eran asesorados por
algunos profesionales para quiénes ése era el mejor modo pues así
no había información ni peligro que el niño pudiera buscar y
volver a su familia biológica, versiones que
se acompañaban de la muerte de la progenitora suponiendo que así se
anulaba toda pregunta, enigma y deseo sobre la historia.
Los hechos demostraron que la falta de información no producía el efecto
deseado, y el silencio se transformó en
ruido, perturbaciones frecuentes en el vínculo
y disfunciones familiares.
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